La Navidad es esa época del año en la que todo el mundo comunica a la vez: las instituciones intentan ser tradicionales y modernas, disruptivas y conservadoras al mismo tiempo; las empresas buscan mostrar sensibilidad; las marcas quieren diferenciarse, caer bien y, seamos claros, vender más que nunca; los creadores persiguen ser aún más virales; y la audiencia se divide entre quienes abrazan la ilusión y los escépticos.
El resultado en ocasiones puede ser un ruido tan intenso —luces, magia, emoción— que ni se escuchan los villancicos.
¿El problema?
Que si todo brilla, nada brilla. Comunicar bien en Navidad no va tanto de poner purpurina (que también…), sino de tener algo que decir: un propósito claro, un tono auténtico y un mensaje preciso que no pueda firmar cualquiera; coherente con quien lo emite y relevante para quien lo recibe.
Antes de lanzar el enésimo mensaje «mágico» hay que preguntarse: ¿Esto construye marca o solo rellena diciembre?
La diferencia entre ruido y estrategia suele estar en una idea honesta, un relato propio y un poco de intención real.
En estos días festivos no falta comunicación, pero a veces sí falta sentido. No se trata de decir más, sino de decirlo mejor, porque el mensaje importa y, en Navidad, todavía más.